Mi vida no vale más que la tuya ni la de nadie, es sólo que el permiso que tengo para transitar en esta dimensión me ha hecho buscar algunas respuestas a algunas de las preguntas que creo, suelen estar presentes en las mentes de muchos de ustedes.
Una de ellas, por ejemplo, tuvo una respuesta contundente hoy que fui y vine a Iximché, la ciudad de los cakchiqueles, esa misma que la mano del invasor traicionó y arrasó con fuego, poniendo de manifiesto la podredumbre que nos vino del otro lado del mar a despojar de lo que por derecho legítimo le pertenecía a nuestros abuelos y abuelas. Y no crean que voy a escribir acerca de ese nefasto episodio de nuestra historia, sino que quiero contarles que hoy que caminé bajo un cielo plomizo en compañía de una llovizna pertinaz y un viento frío, de oriente a poniente en lo que se ha rescatado de una gran ciudad precolombina, me hizo reflexionar acerca del valor que tienen los centros ceremoniales distribuidos en todo el país, algunos ya ensuciados por la mano engusanada de la maldad, pero la mayoría, por dicha, aún siguen intactos conservando la energía de los elementos más simples de la naturaleza, esos mismos que se utilizan para convocar las fuerzas del planeta y del universo, todos ellos y nosotros, consustanciales con el Creador.
Pensé brevemente al compás de la lluvia y el fuego que crecía frente a nosotros y supe, sin preguntar a los sacerdotes mayas que oficiaban la ceremonia, que aquello que estaba viviendo era la más ecuménica de las cruzadas de fe, pues la petición constante de justicia, amor, armonía, respeto y solidaridad, fueron elementos siempre presentes en cada una de los llamados a los nahuales, cuyo significado fue más que elocuente, y lo digo en voz alta, sin pronunciar palabra alguna.
No hubo iglesias ni congregaciones, tampoco servicios religiosos de ningún tipo, fue simplemente la alabanza al único Dios que reconozco es el creador y regente de todo lo que es y existe en el universo. No sé su nombre y no creo que algún día lo sabré, eso no importa cuando se es humilde y consecuente con su mandato supremo de: "Ama a tu hermano". Porque en ese templo de piedra ancestral, desgastada pero viva, los árboles, arbustos, insectos, pájaros y flores estuvieron siempre presentes para acompañar la oración de todos aquellos que acudimos allí a buscar consuelo a nuestras penas o simplemente, para fortalecer una fe que también supe el día de hoy, es universal y no pertenece a ninguna expresión religiosa de las que he conocido en estos años de tránsito accidentado.
Fue una hermosa poesía escrita con viento, agua, fuego, piedra, monte y flores de montaña. Ninguna voz condenó los pecados individuales ni mucho menos se manipuló el arrepentimiento con diezmos u ofrendas forzadas. Sólo se escuchaba la voz del cielo cantando un hermoso himno de humanidad: suave, afinado, armonioso, maternal.
Cuando dejó de llover y los desnutridos rayos del sol osaron desafiar un cielo gris casi impenetrable, el calor de la convivencia y el compartir nuestros sueños y esperanzas, me hizo comprender que mi vida no vale más que la tuya ni la de nadie, simplemente me enseñó a valorar mi propia vida, encontrando suficientes motivos para seguir viviendo.
Ese todo que soy (Del poemario "LO QUE QUEDA DEL CAMINO" ©® 1990)
Todo lo que escribo esta noche
todo lo que ronda cada noche
todas las espinas que me hieren
todas las fieras que ahora duermen
toda la basura acumulada en mi memoria
todo lo que duele
todos los que lloran
todos los que leen este todo
es todo lo que soy para todos.

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