martes, 30 de septiembre de 2008

El comienzo de un futuro incierto

¡Vaya si no duele recordar! Ahora que he decidido desempolvar los manuscritos de muchos años atrás, es inevitable detener el llanto que se ha venido acumulando por mi pésimo hábito de recordar. Es quizá porque el futuro ha perdido brillo ahora que es imposible disfrutar cielos estrellados y amaneceres intensos, ahora que ya no es lo mismo viajar a la ruralidad de mi patria porque ya son muchos los cerros deforestados y los ríos contaminados, porque hasta la gente parece no ser la misma ahora que van al supermercado y ya no acuden al jolgorio los días de plaza, porque ahora casi todos piensan en tener una ciudad apabullante en donde ahora son campos de hortalizas y maizales. Me convenzo de este frágil futuro y por minutos me siento desertor de un mañana que corre a prisa en el minutero electrónico de mi reloj y se evapora como un sueño efímero, un billete de lotería caducado o como un pedazo de infierno puesto en grafiti en las paredes más deprimentes de esta ciudad.

Comencé a escribir justo el año en que cumplí diez, fue espontáneo, sin premeditación y sin afán de creerme artista, es más, ahora pienso que fue algo instintivo como la masturbación o los sueños incendiarios de libertad. Todos estos años de letras, lecturas, borrones y enmiendas, han creado en mí un pequeño universo creativo donde mi oficio de contar historias y gestar poesía son parte inequívoca de mis huellas digitales y de la geografía imperfecta de mi cerebro. Por eso quiero compartir este cuento que nació como parte de una "absurda narrativa poética" como solía llamar a mi producción literaria el sacerdote maya que aprendió que el verdadero arte de las letras se escribe con el día a día cuando se pide permiso a la tierra y a los nahuales para conjugar la materia y la energía, cual evoluta perfecta de nuestra relación con el Creador.

La última función (Del cuentario "AZUL EN NUESTRAS MANOS" ©® 1994)

Se enredó de nuevo, no voló. No aprendió a extender las alas, sólo pensó que el anciano lo esperaría con ansias y renunció al vuelo cobardemente, sabiendo que mañana moriría en el olvido y que nunca más volvería a ser el mismo.

Era domingo, un día antes de la presentación. El anciano estaba seguro que el pájaro sería el mejor número, por lo que no vaciló en colgarlo entre los hilos y enseñarle a volar. Trató de convencerlo del esfuerzo que le había tomado fabricarlo, pero la pequeña ave no quiso volar. Torpemente alzó las alas y cada vez que lo intentaba volvía a enredarse, como un pequeño insecto atrapado en la tela de una araña. Intentó toda la mañana y parte de la tarde, hasta que se fue debilitando su esperanza. Para el viejo todo estaba perdido. Tomó al pájaro y lo puso en su pecho meciéndolo con la ternura acumulada en el reloj incorregible de sus años. En la adversidad de la tarde, sólo quedaba el recuerdo de tantas manos inocentes que aplaudieron cientos de veces la habilidad del anciano para manipular silencio. Se quedó dormido junto al pájaro. Las delgadas cuerdas que sostenían su plumaje lo fueron enredando a tal punto de quedar atrapado como un viejo arácnido que no llegó al lunes después de un domingo de contradicción.

Los niños aguardaron la llegada del anciano, quien no llegó. Sólo se supo que unos hombres los encontraron muerto en la madrugada, y durmiendo junto a él, los títeres que nunca actuaron y una pequeña araña que trataba de escapar entre los hilos transparentes que sujetaban las plumas de algún pájaro vecino del jardín.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Cuando el amor no fue suficiente

Están por cumplirse diez años desde que el huracán Mitch llegó anunciando tragedia en la aparente calma de mi veleta. Llegó como un gran señor, apoderándose de todo y como es costumbre en estos países castigados de la América Central, se creyó dueño de la tierra dejando sin futuro a nuestra gente, como si se vengara de algo imperdonable, pero eso sí, se marchó impune y sigue estándolo como lo están ahora aquellos seres que también arrasaron con lo que pudieron cuando se creían dueños del país. Es así como la historia registra la relación errática entre el tirano y la tragedia, marcando camino en esa pestilente conexión entre la agonía y la muerte.

Por suerte no me tocó quedar varado en la Ciudad de México por culpa del huracán. El regreso de una corta temporada fue prematuro, por lo que estar de vuelta en mi patria fue consuelo para mi familia pero no para mi corazón que venía aullando toneladas de llanto entre el cielo y la tierra que comenzaba a lamentarse. En efecto, parte de mí se quedó en ese país vecino, pero no en vigilia, sino agonizando por culpa de los hechos que me marcaron el destino para siempre, como si se tratara de una macabra revelación de algún ángel clandestino expulsado del paraíso. Por eso estoy registrando en mi bitácora azul esos eventos cercanos a la tragedia que literalmente inundó el país, dejándolo frío, hambriento y desconsolado, al igual que a mi corazón, hasta que la razón me hizo comprender que todo cuando sucedió no fue sino otro episodio más que quedó inconcluso por culpa de quien no supo comprender la tormenta que en nuestro interior fue más poderosa y mortal que el mismísimo huracán.

De allí surge el poemario "AMANDO DEL OTRO LADO" ©® 1998, del cual extraje estos tres poemas para triangular un pedazo de historia que se resiste a quedarse en mí:

Poema 2

Qué palabra
he de decir
para calmar tu pena,
qué poema
he de escribir
para llegar hasta ti
con un arsenal de ternura
y entender tu corazón
león enjaulado,
bestia herida,
ave con vuelo agotado,
gato pardo en celo,
malherido,
pero con tantas ganas
de amar
de sentir
de vivir y revivir.

Amor de lejos
te pregunto de cerca:
¿qué hago con tanto amor?

Poema 21

Te vas,
te vas,
te vas.
Vete,
vete,
vete,
¡márchate ya!

Bendice que te vas
porque yo maldigo que te quedes.

Poema 48

Cómo habría
de enlatar tu alma
tía abuela del sauce,
río destructor,
marinero gaseoso
gracioso
graciosísimo.

Cómo podría
saltar entre tu pelo
como un sapo arlequín
carnavalesco
caníbal
acorazado
gigantesco
dantesco
abominable.

Cómo te amaría
después de todo
y cómo me amarías
si supieras amar.

sábado, 20 de septiembre de 2008

El imperio de flores de mi abuela

¿Qué ganaría para mí mismo si pudiera más que los recuerdos?

Por más que lo intento, es imposible no recordar aquellas tardes de verano en casa de mis abuelos, los padres de mi madre y los mismos que me vienen a visitar de vez en cuando, o quizá los mismos que siempre están conmigo pero que yo por momentos olvido recordarlos.

Va mi mente transitando el pasado, oliendo el penetrante aroma de los naranjos, los limares, los geranios, claveles, rosas, mulatas, y en fin, todo un imperio vegetal donde mi niñez se nutrió de alborada y atardeceres repletos de sol. Esos colores y esos perfumes me llenan la soledad con recuerdos que intento olvidar porque deseo estar allí, ayudando a mi abuela a dejar nítido su basto jardín, donde solía rondar frecuentemente e imaginar que era dueño de un pedazo colorido de esa inmensidad.

Pero ellos ya no están y el jardín tampoco, como tampoco están la estación del ferrocarril y aquellos enormes pastizales donde se emparentaron tantas veces el colibrí y el monte. Están extintos y de ellos sólo me quedó un relato de verano que encontré en mis apuntes transcritos en máquina de escribir.

Madrileña ©® (Del cuentario "CUENTOS DE LA ESQUINA" ©® 1998)

La mujer extendió el abanico para refrescarse las rodillas, los muslos y todo lo demás, ahuyentando un poco la ola de mosquitos insistentes por penetrar en aquel inacabado espacio de pretérita lujuria. A eso de las diez de la mañana se apoderó de un rincón del patio e inició su rutinaria tarea de podar, y en algunos casos destrozar, el imperio de flores que era lo único alegre de la casa. Mientras tanto, el abanico de carey bordado en seda, seguía realizando su tarea de refrescar y ahuyentar.

E
se día quedaron muy vistosas las hortensias, las azucenas y las bugambilias; la mala hierba fue arrancada con malévola tristeza; hojas y ramas secas fueron a parar a la hoguera. Pasado de las doce se acordó que en la vieja estufa de leña se habrían deshecho ya dos berenjenas y las menudencias del pollo. Lanzó el abanico, olvidando lo útil que le había sido y corrió hasta la cocina con la esperanza de rescatar algo para su almuerzo y el de su gato albino. Su apresurada caminata fue infructuosa porque al llegar hasta el fogón se resbaló en la salsa de leche derramada en un intento pícaro del gato por devorarla, e inevitablemente se fue de bruces, cayendo rostro, manos y todo su largo cabello entre el fuego, más voraz y encendido que el mismo que había convertido en cenizas las hojas y ramas estorbosas del jardín.

La “Madrileña”, como le nombraban sus pretendientes de antaño por su convulsiva usanza del abanico, quedó finalmente desfigurada después de la agonía en la cocina y un almuerzo que jamás probó, al menos de berenjenas guisadas y menudos en salsa blanca. Nadie culpó al gato sino a la casualidad. Todos coincidieron en que siguió siendo la flor más bella de su jardín, esa poco perfumada y jamás polinizada flor que se fue secando, octogenaria y exquisita flor de lo único alegre que quedaba de la casa.

viernes, 19 de septiembre de 2008

La primera noche de mi taxi azul

Es de noche, claro, no podía ser de otra manera, puesto que de día es difícil imaginar las horas nocturnas, a veces silenciosas y otras tantas, como si se tratara de un corredor para los ruidos propios de la oscuridad.

Me encuentro en Ciudad de Guatemala, abrigado hasta los huesos por la terrible combinación de humedad y frío. Ha llovido más de lo esperado y más que una bendición de la naturaleza, cada gota de lluvia es una amenaza para los miles de paisanos que tienen más miedo que yo, pues son ellos mismos los que temen ser víctima mortal de algún derrumbe en las afueras de la ciudad y en lo más adentrado del país. Es como si cada gota de lluvia fuera un puñal de agua que lastima la tierra y hace ruido fúnebre en los tejados. ¡Pobre de los gatos en celo que tendrán que procrearse esta noche bajo la lluvia!

Apago mi teléfono móvil porque no quiero seguir enajenado de la humanidad, pero sobre todo, de mí mismo, como si fuera yo lo más importante en el bullicio. Necesito silencio para tomar un hilo de paz y empezar a tejer un lienzo de tranquilidad.

Deseo seguir escribiendo, pero con este anhelo desesperado de silencio, hasta el cabalgante ruido del teclado me impide continuar con serenidad.

Finalizo entonces enviando un abrazo cibernético a los cibernautas que toman valor de leer esta bitácora azul que es un taxi que pretende transportar magia de oriente a poniente, desafiando los límites de la imaginación. También les mando besos cumpleañeros a los que cumplen años y besos añejos para aquellos que se cansaron de cumplirlos.

Un poema basta, creo, para que me conozcan un poco más de lo que creo conocerme, uno de los que han nacido entre julio del 2007 y agosto del 2008, del poemario "SE HABITAN ALBORADAS" ©®:

Danza del unicornio en una noche sin luna ©®

A veces es bueno llorar
sin causa alguna
para aliviar el constipado
o para renovar el brillo
apagado de los ojos.

Eso mismo pensaba el unicornio
cuando inventó la lluvia
y se olvidó de la alegría.

Fue la noche perfecta
después de rescatar del olvido
a su amiga la rosa
y al clavel que se fue secando
entre las hojas marchitas de su diario.

El unicornio danzó toda la noche
y en esa noche sin luna
hasta los muertos regresaron
como si el unicornio
tuviera el don de la vida
clavado en su cuerno
que alguna vez le perteneciera
a esa estrella caída del universo.

Pero la noche tenía que acabar
y también las escasas horas
para recrear la lluvia
en un suspiro de silencio.

Así, de a poco
la música que brotaba del olvido
se fue apagando
como si se tratara de una vela
o una ramita de incieso a punto de expirar.

Los muertos y las horas
festejaron el festín del unicornio
y sin embargo la luna
no se lamentó nunca
de estar ausente esa noche
en que el pretexto azul
sería una lunada gris sin primavera.