¡Vaya si no duele recordar! Ahora que he decidido desempolvar los manuscritos de muchos años atrás, es inevitable detener el llanto que se ha venido acumulando por mi pésimo hábito de recordar. Es quizá porque el futuro ha perdido brillo ahora que es imposible disfrutar cielos estrellados y amaneceres intensos, ahora que ya no es lo mismo viajar a la ruralidad de mi patria porque ya son muchos los cerros deforestados y los ríos contaminados, porque hasta la gente parece no ser la misma ahora que van al supermercado y ya no acuden al jolgorio los días de plaza, porque ahora casi todos piensan en tener una ciudad apabullante en donde ahora son campos de hortalizas y maizales. Me convenzo de este frágil futuro y por minutos me siento desertor de un mañana que corre a prisa en el minutero electrónico de mi reloj y se evapora como un sueño efímero, un billete de lotería caducado o como un pedazo de infierno puesto en grafiti en las paredes más deprimentes de esta ciudad.
Comencé a escribir justo el año en que cumplí diez, fue espontáneo, sin premeditación y sin afán de creerme artista, es más, ahora pienso que fue algo instintivo como la masturbación o los sueños incendiarios de libertad. Todos estos años de letras, lecturas, borrones y enmiendas, han creado en mí un pequeño universo creativo donde mi oficio de contar historias y gestar poesía son parte inequívoca de mis huellas digitales y de la geografía imperfecta de mi cerebro. Por eso quiero compartir este cuento que nació como parte de una "absurda narrativa poética" como solía llamar a mi producción literaria el sacerdote maya que aprendió que el verdadero arte de las letras se escribe con el día a día cuando se pide permiso a la tierra y a los nahuales para conjugar la materia y la energía, cual evoluta perfecta de nuestra relación con el Creador.
La última función (Del cuentario "AZUL EN NUESTRAS MANOS" ©® 1994)
Se enredó de nuevo, no voló. No aprendió a extender las alas, sólo pensó que el anciano lo esperaría con ansias y renunció al vuelo cobardemente, sabiendo que mañana moriría en el olvido y que nunca más volvería a ser el mismo.
Era domingo, un día antes de la presentación. El anciano estaba seguro que el pájaro sería el mejor número, por lo que no vaciló en colgarlo entre los hilos y enseñarle a volar. Trató de convencerlo del esfuerzo que le había tomado fabricarlo, pero la pequeña ave no quiso volar. Torpemente alzó las alas y cada vez que lo intentaba volvía a enredarse, como un pequeño insecto atrapado en la tela de una araña. Intentó toda la mañana y parte de la tarde, hasta que se fue debilitando su esperanza. Para el viejo todo estaba perdido. Tomó al pájaro y lo puso en su pecho meciéndolo con la ternura acumulada en el reloj incorregible de sus años. En la adversidad de la tarde, sólo quedaba el recuerdo de tantas manos inocentes que aplaudieron cientos de veces la habilidad del anciano para manipular silencio. Se quedó dormido junto al pájaro. Las delgadas cuerdas que sostenían su plumaje lo fueron enredando a tal punto de quedar atrapado como un viejo arácnido que no llegó al lunes después de un domingo de contradicción.
Los niños aguardaron la llegada del anciano, quien no llegó. Sólo se supo que unos hombres los encontraron muerto en la madrugada, y durmiendo junto a él, los títeres que nunca actuaron y una pequeña araña que trataba de escapar entre los hilos transparentes que sujetaban las plumas de algún pájaro vecino del jardín.
Comencé a escribir justo el año en que cumplí diez, fue espontáneo, sin premeditación y sin afán de creerme artista, es más, ahora pienso que fue algo instintivo como la masturbación o los sueños incendiarios de libertad. Todos estos años de letras, lecturas, borrones y enmiendas, han creado en mí un pequeño universo creativo donde mi oficio de contar historias y gestar poesía son parte inequívoca de mis huellas digitales y de la geografía imperfecta de mi cerebro. Por eso quiero compartir este cuento que nació como parte de una "absurda narrativa poética" como solía llamar a mi producción literaria el sacerdote maya que aprendió que el verdadero arte de las letras se escribe con el día a día cuando se pide permiso a la tierra y a los nahuales para conjugar la materia y la energía, cual evoluta perfecta de nuestra relación con el Creador.
La última función (Del cuentario "AZUL EN NUESTRAS MANOS" ©® 1994)
Se enredó de nuevo, no voló. No aprendió a extender las alas, sólo pensó que el anciano lo esperaría con ansias y renunció al vuelo cobardemente, sabiendo que mañana moriría en el olvido y que nunca más volvería a ser el mismo.
Era domingo, un día antes de la presentación. El anciano estaba seguro que el pájaro sería el mejor número, por lo que no vaciló en colgarlo entre los hilos y enseñarle a volar. Trató de convencerlo del esfuerzo que le había tomado fabricarlo, pero la pequeña ave no quiso volar. Torpemente alzó las alas y cada vez que lo intentaba volvía a enredarse, como un pequeño insecto atrapado en la tela de una araña. Intentó toda la mañana y parte de la tarde, hasta que se fue debilitando su esperanza. Para el viejo todo estaba perdido. Tomó al pájaro y lo puso en su pecho meciéndolo con la ternura acumulada en el reloj incorregible de sus años. En la adversidad de la tarde, sólo quedaba el recuerdo de tantas manos inocentes que aplaudieron cientos de veces la habilidad del anciano para manipular silencio. Se quedó dormido junto al pájaro. Las delgadas cuerdas que sostenían su plumaje lo fueron enredando a tal punto de quedar atrapado como un viejo arácnido que no llegó al lunes después de un domingo de contradicción.
Los niños aguardaron la llegada del anciano, quien no llegó. Sólo se supo que unos hombres los encontraron muerto en la madrugada, y durmiendo junto a él, los títeres que nunca actuaron y una pequeña araña que trataba de escapar entre los hilos transparentes que sujetaban las plumas de algún pájaro vecino del jardín.

2 comentarios:
Mi querido Víctor:
Impresionante tu narrativa. No cabe duda que desde niño traes ese don de plasmar en un papel los pensamientos de forma tal, que uno se transporta con ellos. Comparto tu sentir. Comparto tu frustración. Comparto tu dolor. Qué nos espera ahora?
UN BESO!
Una escena triste.
Una escena, más que un cuento.
Te felicito porque está conmovedor, la muerte, siempre conmueve, sobre todo si la cuentas tan sentidamente.
ByE
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