sábado, 20 de septiembre de 2008

El imperio de flores de mi abuela

¿Qué ganaría para mí mismo si pudiera más que los recuerdos?

Por más que lo intento, es imposible no recordar aquellas tardes de verano en casa de mis abuelos, los padres de mi madre y los mismos que me vienen a visitar de vez en cuando, o quizá los mismos que siempre están conmigo pero que yo por momentos olvido recordarlos.

Va mi mente transitando el pasado, oliendo el penetrante aroma de los naranjos, los limares, los geranios, claveles, rosas, mulatas, y en fin, todo un imperio vegetal donde mi niñez se nutrió de alborada y atardeceres repletos de sol. Esos colores y esos perfumes me llenan la soledad con recuerdos que intento olvidar porque deseo estar allí, ayudando a mi abuela a dejar nítido su basto jardín, donde solía rondar frecuentemente e imaginar que era dueño de un pedazo colorido de esa inmensidad.

Pero ellos ya no están y el jardín tampoco, como tampoco están la estación del ferrocarril y aquellos enormes pastizales donde se emparentaron tantas veces el colibrí y el monte. Están extintos y de ellos sólo me quedó un relato de verano que encontré en mis apuntes transcritos en máquina de escribir.

Madrileña ©® (Del cuentario "CUENTOS DE LA ESQUINA" ©® 1998)

La mujer extendió el abanico para refrescarse las rodillas, los muslos y todo lo demás, ahuyentando un poco la ola de mosquitos insistentes por penetrar en aquel inacabado espacio de pretérita lujuria. A eso de las diez de la mañana se apoderó de un rincón del patio e inició su rutinaria tarea de podar, y en algunos casos destrozar, el imperio de flores que era lo único alegre de la casa. Mientras tanto, el abanico de carey bordado en seda, seguía realizando su tarea de refrescar y ahuyentar.

E
se día quedaron muy vistosas las hortensias, las azucenas y las bugambilias; la mala hierba fue arrancada con malévola tristeza; hojas y ramas secas fueron a parar a la hoguera. Pasado de las doce se acordó que en la vieja estufa de leña se habrían deshecho ya dos berenjenas y las menudencias del pollo. Lanzó el abanico, olvidando lo útil que le había sido y corrió hasta la cocina con la esperanza de rescatar algo para su almuerzo y el de su gato albino. Su apresurada caminata fue infructuosa porque al llegar hasta el fogón se resbaló en la salsa de leche derramada en un intento pícaro del gato por devorarla, e inevitablemente se fue de bruces, cayendo rostro, manos y todo su largo cabello entre el fuego, más voraz y encendido que el mismo que había convertido en cenizas las hojas y ramas estorbosas del jardín.

La “Madrileña”, como le nombraban sus pretendientes de antaño por su convulsiva usanza del abanico, quedó finalmente desfigurada después de la agonía en la cocina y un almuerzo que jamás probó, al menos de berenjenas guisadas y menudos en salsa blanca. Nadie culpó al gato sino a la casualidad. Todos coincidieron en que siguió siendo la flor más bella de su jardín, esa poco perfumada y jamás polinizada flor que se fue secando, octogenaria y exquisita flor de lo único alegre que quedaba de la casa.

1 comentario:

Lizbeth dijo...

Gracias por regresarme en le tiempo (no digo cuantos años para no asustar a tu publico)
Esto que escribiste es algo que de tiempo en tiempo yo tambien recuerdo y me hace sonreir…puesto que aun percibo el aroma de los jazmines, bugambilia y las plantas decafe..Definitivamente trato de no mas recordar a tu abuelo paterno.. Muy buen poema, EXCELENTE! Felicidades y desde la ldistancia recibe un abrazo del tamaño de la esperanza... y mi amor incondicional, como siempre lo ha sido….